miércoles, 3 de enero de 2018

NO A LA RUTINA Parte IV

Tragan sin digerir, hasta el empacho mental: ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero, apiñar datos no es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.

Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolear su propia cabeza, renuncian a cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no sospechan que "hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar a ella".

Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales a sus preocupaciones, sin advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan el sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.

Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba a Flaubert insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y Gournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del boticario librepensador o la casuística untuosa del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: "Ser tonto, egoísta, y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido".

Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa animalidad humana: resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega a maltratar a su amo, en una escena que simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero Panza. oponiendo su bastardo sentido práctico a los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? A todos respondió con honda emoción el autor de la Vida de Don Quijote y Sancho, donde el conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero: "asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida"; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo es cristiano. La moraleja no lo es menor: frente a cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la estulticia.

El resol de la originalidad ciega al hombre rutinario. Huye de los pensadores alados, albino ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los proscribiría en masa, restaurando la Inquisición o el Terror: aspectos equivalentes de un mismo celo dogmatista.

Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad o persigue un ideal; los negros queman a Bruno y Servet, los rojos decapitan a Lavoisier y Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: "El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende". La tolerancia de los ideales ajenos es virtud suprema en los que piensan. Es difícil para los semicultos; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás; enseña a soportar esa consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que se ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar las de los demás. La tolerancia es el respeto en los otros de una virtud propia; la firmeza de las convicciones, reflexivamente adquiridas, hace estimar en los mismos adversarios un mérito cuyo precio se conoce.

Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios; muestran grave inquietud cuando alguien se atreve a perturbarlos. Astrónomos hubo que se negaron a mirar el cielo a través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más firmes.

En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas nuevas, llegarían a creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, que agradecen en lo íntimo ese favor.

En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, coro los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la, tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman insensatos a los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener creencias propias: la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes: es afán de rectificar los propios errores hasta aprender que toda creencia es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, máxime si intentan subordinar el estilo de las ideas; prefieren las desteñidas lucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve a toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenles material de hoguera; cuando ellos pueden ser un punto luminoso en el porvenir o hacia la perfección, los rutinarios les desconfían.

La caja cerebral del hombre rutinario es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos a guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos a la circulación levantó sus calotas craneanas y llenó las cavidades con pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya cabeza tiene una significación puramente ornamental.

Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante: si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original, imprudente, se detiene a contemplarlo; un genio va más lejos; trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo.

Si la humanidad hubiera contado solamente con los rutinarios, nuestros conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral hominidio. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo. Dirían que está allí porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre de buen sentido, que cometa la incorrección de oponerse al sentido común, es decir, un original o un genio -que en esto se homologan-, puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, .un audaz a quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.

En esos hombres, inmunes a la pasión de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. Sus inteligencias son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.

NO A LA RUTINA Parte III

Cuando nos volvemos cristianos rutinarios. Consecuencias. 

*Razonamos con la lógica y los preceptos de los demás. Allí se produce una fusión con el deseo y la visión ajena. 

*Somos dóciles a la fuerte presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión y el consenso general, no evaluado ni pensado, que nos achata como una delgada lámina. 

*Nos convertimos en sombras que viven del juicio ajeno. Nos ignoramos a nosotros mismos, limitándonos a creer como los creen los demás. 

Los discípulos de Cristo que deseen salir de la rutina que no da frutos deberían incubar su propia visión en Dios estando abiertos a los cambios que el Espíritu Santo quiera operar en ellos. Con el tiempo ir adoptando un criterio de la vida y la obra cristiana en base a su comprensión de las sagradas escrituras y a la experiencia adquirida, aunque sea poca. En otras palabras, tener una mente espiritual. "En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie" (1° Cor. 2:15)

Una radiografía de los rutinarios

Tienen un verdugo que es el desconocimiento del propósito supremo de Dios. Esto los hace instrumentos de domesticidad y los inhabilita para nuevas instancias de renovación. Este desconocimiento del plan eterno también los lleva a pensar que es mejor su lealtad a la organización que a los principios del reino de Dios que fueron revelados por gracia. 
Los rutinarios no intentan indagar ni sospechar de aquello que se les inculca, "por marchar al paso de las costumbres han perdido el uso del galope" decía un antiguo poeta. Su falta de examen de las cosas termina por convencerlos de que no hay más nada por descubrir y cualquier objeción les parece una impertinencia. Para ellos algunos cometieron la imprudencia de pensar. Creen que leer lo que pone en vilo sus conceptos produce efectos dañinos a su salud espiritual por eso sus pupilas se deslizan hacia las promesas, las ofertas, a aquello que no inquieta ni incomoda. 
Los rutinarios gustan compartir con los superficiales, aquellos que nada podrían aprender los discípulos con ansias de renovación.

martes, 2 de enero de 2018

NO A LA RUTINA Parte II


El espíritu rutinario

Los prejuicios son conceptos anteriores a la observación. Así que los juicios, exactos o erróneos, siempre son consecutivos a ella. Todos los individuos poseen una base de datos o de pensamientos; de ahí que los adquiridos en Dios facilitan y marcan rumbo al discípulo. En cierta medida nadie se los puede sustraer. 
No obstante, cuando la rutina gana terreno el cristiano entra en una pasiva obsecuencia con el plato servido en bandeja por su denominación. En contraste, los pensamientos y acciones adquiridas en Dios se constituyen en propiedad de los discípulos, le son intrínsecos: conforman su visión y su carácter. Éstos son individuales e inconfundibles. Toman distancia de la rutina, que es colectiva y esencialmente perniciosa, extrínseca al individuo, pero común a la mayoría. La rutina muchas veces es producto de contagiarse del criterio y forma de vida corriente. 

La visión y la originalidad se van consolidando día a día en los discípulos de Jesús a diferencia de la rutina que atrasa y casi siempre es propia de las instituciones religiosas que la imponen. La trasmisión de la enseñanza cristiana conlleva este peligro: intenta borrar todo  análisis colocando cristales prestados a los creyentes. La acechanza persiste cuando el trato es cercano y frecuente con hombres rutinarios, que niegan y se niegan a la renovación. 
En la actualidad el contagio mental y espiritual del espíritu rutinario flota en la atmósfera y acosa por todas partes y también en las iglesias. En un ambiente así es más contagiosa la rutina que la posibilidad de cambio.

Dejemos que el Señor nos indique el camino por el cual debemos andar. Huyamos de la rutina.


NO A LA RUTINA Parte I



2018: Año de examen profundo

El comienzo de un nuevo año es ideal para examinarnos y detectar aquellas rutinas que no nos permitieron dar fruto para el reino de Dios. 
El diccionario define a la rutina como costumbre o hábito adquirido de hacer algo de un modo determinado, que no requiere tener que reflexionar o decidir. Habilidad que es únicamente producto de la costumbre. Y, de acuerdo a este significado, el cristiano se vuelve rutinario cuando distintas actividades infructíferas, no pensadas ni evaluadas, se reiteran año tras año y se consolidan en su vida resistiendo los cambios. La rutina no es hija de la renovación; es su enemiga. La una es fructífera y engendra verdades; la otra es estéril y mata. En su órbita gira la cristiandad en general. 

Las conductas del cristiano rutinario

*Evitan salir de sus costumbres y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo ya conocido que lo bueno por conocer. El Señor nos instó a que alcemos los ojos y nos demos cuenta que los campos ya están listos para ser cosechados. En otras palabras, nos llama a salir de la rutina que no siembra ni recoge.

*Están ocupados en disfrutar lo existente, toda innovación que turbe su tranquilidad y les cause algún grado de incomodidad les causa miedo. 

*Las misiones, la evangelización en las calles, las originalidades, las buenos proyectos concebidos por el Espíritu, la virtud misma les parecen instrumentos del mal, porque estas cosas desarticulan los resortes de sus errores.

*Se acostumbran a adoptar los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin discernimiento alguno los programas destilados en el laboratorio  de los "profesionales de la fe". Su falta de interés para asimilar desafíos nuevos los lleva a frecuentar las mismas costumbres.

La rutina es la síntesis de todos los renunciamientos

La rutina es el hábito que lleva a toda persona y, por supuesto, también los cristianos a renunciar a pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; poco a poco las costumbres detienen su visión y pasión. Un pensador del siglo XX expresó: 

"Cada hábito es un riesgo, porque la familiaridad provoca cosas que terminan siendo detestables y que hacen perder la dignidad a las personas.  Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones"

Procuremos el cambio

# Oremos y roguemos al Señor que nos muestre aquellas rutinas que nos impiden crecer y fructificar.

# Avancemos hasta donde nos llegue nuestra visión.

# Procuremos la renovación personal y comunitaria.

# El Espíritu Santo es el único que nos puede sacar de la rutina y conducirnos mar adentro hasta encontrar lo trascendente, aquello que Dios anhela para nosotros.

Editorial





viernes, 17 de marzo de 2017

jueves, 16 de marzo de 2017

JORGE HIMITIAN CHILE 2016



Encuentro de pastores y obreros Santiago de Chile 2016

ACTITUD DE LA ESPOSA HACIA SU ESPOSO Silvia Rodríguez


Desde mi punto de vista, uno de los pasajes más hermosos para hablarles a las mujeres casadas (y a aquéllas que esperan casarse), es el de Proverbios 31:10–31.

Confieso que durante mucho tiempo me sentí muy por debajo de la realidad de esta mujer virtuosa. De su lista de cualidades no alcanzaba ni a un veinte por ciento. Esto, lejos de achicarme me desafió y, salvando las distancias (especialmente en manualidades, por ser extremadamente torpe con mis manos), me propuse crecer en todo lo que pudiera. Esto me está llevando toda la vida, pero sigo firme en mi decisión.

1  INTRODUCCIÓN

En esta oportunidad, dos textos en particular llamaron mi atención. Si llegara a escribir un libro, el título que le pondría (aunque sé que podría ser rechazado por extenso) sería: “El corazón de su marido está en ella confiado” (v. 11), y uno de los capítulos: “Le da ella bien y no mal todos los días de su vida”. Y a esto quiero referirme.

¿Qué sería “darle bien y no mal todos los días de su vida?.” “¿siempre bien?” y “¡¡¡todos los días de su vida!!! Todos los días de su vida, “son todos los días de su vida, ¿podré? vale la pena intentarlo.

Algunas cosas que podrían ayudarnos:

2  EL HABLAR BIEN

Por naturaleza tenemos la tendencia de pensar negativamente y expresarlo verbalmente. Y yo no soy la excepción. Sobre esto el Señor ha tratado conmigo a través de los años. Recuerdo en una oportunidad, mientras estaba resaltando las muchas cosas que pensaba que mi esposo hacía mal, y evidentemente habiéndolo cansado con mis constantes críticas, él me corrigió firmemente: “¿Y tú, eres la chica diez? Y comenzó a enumerar una lista de lo que él pensaba que yo no sabía hacer (y de verdad era muy larga),” pero no me importa ––continuó— te amo y te acepto como eres”.

Durante una reunión de matrimonios, se le preguntó a una hermana si podía decir una virtud de su marido. Ella pensó y dijo: No, él no tiene ninguna.

¿Pero por qué te casaste con él? A lo que contestó: Eso es lo que me pregunto ¡¡¡por qué me casé!!!!
« Si hablo mal de mi esposo, no puedo darle bien. »

(Sólo deberíamos charlar con personas maduras é idóneas sobre situaciones no resueltas en el matrimonio).

3  EL DESEARLE BIEN

¡Cuántas veces, en todos estos años, he visto y escuchado a mujeres cristianas resentidas con sus esposos! Esperando que ellos cambien, sin intentar siquiera un pequeño acto de negación de sí mismas en aras de un mejoramiento en sus relaciones. Anteponiendo sentimientos egoístas, comerciando con sus afectos, dejando de lado los mandamientos de Dios.

El “desearle bien” significa que en lo que le toque hacer, tenga el apoyo, la entrega y el reconocimiento de la esposa. Que crezca, que se desarrolle, que sea el mejor (el mejor carpintero, el mejor albañil, el mejor médico, el mejor pastor…………) para mí. Tiene que ver con la actitud que se toma frente a la realidad que vive cada una (puede ser una situación difícil de sobrellevar la que traba el “desearle bien”). Para esto se necesita la maravillosa y abundante gracia del Señor que nos capacita para hacer esto que Él nos pide y que nos resulta imposible en nuestras fuerzas.

« Si le deseo mal, no puedo darle bien. »

4 EL HACERLE BIEN

Veo, cada vez con más frecuencia, que los maridos llegan a sus casas y tienen que realizar las tareas hogareñas. No estoy en contra de que el esposo ayude a su esposa (más en estos tiempos), pero sí en que se le espere para hacer lo que bien pudo estar hecho antes de que él llegue. Por ejemplo: Siempre he tratado (y también he trabajado afuera) de que la comida esté lista cuando regresa a casa (ya sea del trabajo, de una reunión, de lo que sea). Que tenga ropa limpia y planchada cuando abre el cajón del closet. Que si es tarde, los niños estén bañados y acostados (aunque estas cosas parezcan nimiedades o futilidades son muy importantes).

El hacerle bien tiene que ver con cubrir sus necesidades en todo sentido (ustedes me entienden cuando digo en todo sentido). Atenderlo, cuidarlo, reconocerlo, valorarlo y expresar nuestra opinión cuando se equivoca.

Cuando teníamos nuestros hijos pequeños (tres de los cuatro que tuvimos nacieron en tres años y cuatro meses), yo estaba “bastante ocupada” con su atención y cuidado. Estando en una reunión de grupo familiar, unos hermanos me preguntaron cuál era la tarea que desempeñaba en la obra. Quedé petrificada pensando en mi mundo de pañales (no se usaban descartables), mamaderas, llantos y cansancio infinito………….. Mi esposo contestó cortésmente: “Ella permite que yo pueda hacer mi trabajo en paz”.

Y éste ha sido mi anhelo todos estos años (llevamos treinta y ocho de casados). Sabe que mi oración y mi apoyo están siempre con él y con todo su ministerio.

El v. 23: “Su marido es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra”. Según la Paráfrasis: “Su esposo es ilustre, pues ocupa un sitio en la cámara del consejo, junto a los demás notables del pueblo”. Estos eran reconocidos y respetados como autoridad. Según la Biblia Plenitud, este texto está relacionado con Prov. 12:4 “La mujer virtuosa es corona de su marido”. Ella, con su comportamiento, adorna y da autoridad a su esposo. Yo quiero esto para mí.

« Si le hago mal, no puedo darle bien. »

Todo esto no va en detrimento de lo que como mujeres podemos alcanzar o realizar (si no, fijemos nuestra mirada en la mujer de Proverbios: es trabajadora, inteligente, misericordiosa y sabia. Mujer de negocios y artesana. Empresaria, pero sobre todo, temerosa de Dios).

Tal vez alguna esté pensando, al leer estas líneas, “esta hermana no conoce a mi marido” Sin embargo esto es lo que la Palabra de Dios dice que debemos hacer (darle bien y no mal), independientemente del comportamiento del varón. Recuerden que el hombre deberá hacer lo que le corresponda, que no es poca cosa. ¡Qué alguien se lo diga, por favor!!!!

¿Difícil? ¿Imposible? Todo es posible si podemos creer.


“Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos” (1ra Juan 5:3) 

Publicado por Omar Pereyra